Sábado

Hace un par de días, recibí un mensaje preguntando si trabajaba algún día del fin de semana. Mi respuesta suele ser seca y derechamente “No” porque valoro mucho mi tiempo libre y desde que volví a los tacones, el finde se me hace nada. Suerte para mí, porque sé que muchas personas se ven obligadas a estar pendientes de sus pegas 24/7.

Decidí hacer una excepción y usar mi sábado para atender.


8.00 AM en la ducha. Salí de casa sin desayunar, con la esperanza de encontrar un castaño o un starbucks abierto. Todo cerrado. Mi estómago estaba enojado. No puedo atender así.

Llegué a la oficina hurgueteando una despensa, viendo si acaso encontraba algo abandonado para engañar el hambre. Un paquete de criollitas abierto me guiñó el ojo y en diez minutos, estaba lista para comenzar la jornada, cruzando los dedos para que ningún don comedias me cancelara por la razón que fuese.


El timbre suena y yo esperaba a don Taekwondo. Le digo así porque en su foto de WhatsApp vestía un dobok, con cara de seriedad y sentado estilo indio. Don Tae fue quien propuso la idea de ser atendido y debido a que no nos conocíamos, sentía curiosidad. Al abrir la puerta, mientras lo hacía pasar por el protocolo sanitario de la oficina, en mi mente sonaba a lo lejos un “iguaaaals”. Era más alto de lo que imaginaba, de espalda ancha, ropa oscura, aros, tatuajes, moreno. Sí, iguals.

Luego de la ducha de rigor, cruzando palabras mi mente agradecía su buen trato, mientras mis ojos analizaban su estructura corporal y un gran tatuaje en toda su espalda. Sí. Un cuerpo fornido que a mi gusto, no debiese reflejar un trabajo obsesivo de hipertrofia, pues no tengo cara para exigir tal cosa ni me interesa en lo más mínimo.


Alguna vez un amigo me contó que los hombres por lo general se fijan en 3 áreas para decidir si se sienten primitivamente atraídos hacia una mujer: El rostro, los pechos y el trasero. Por mi parte, solo hay algo que me importa más que el resto de las cualidades físicas de un varón y que se transforma en una simple pregunta cada vez que conozco a un hombre.

Pasaría frío en invierno si me acostara con este sujeto?”

Mi historial de relaciones (pololeos, andanzas, follamigos) presenta una mayoría de estructuras corporales más anchas que la mía. Doy fe que paso frío con cuerpos delgados. Me complica. Mi inconsciente lo relaciona a una malnutrición y a la certeza de que en un escenario apocalíptico, probablemente no podría recurrir al canibalismo. Por ende, la atracción inevitablemente disminuye a largo plazo y generalmente esas relaciones jamás prosperan. En fin.


Volviendo a Tae, nuestros labios se conocían y sus besos me agradaron de principio a fin. He hecho el estudio en terreno y los besos equivalen a la carta de presentación en cuanto a lo sexual. Si los besos de una persona son buenos, tengo certeza de que el oral será calcado. Yo sobre él, me peinaba con la mano cada cierto rato para no bloquear su visión, bajando paulatinamente para conocer su entrepierna en primer plano. Con mi boca exploré cuanto pude. Él gemía sutilmente, música para mí. Sus manos sujetaban mi cabello con seguridad, pero sin ser brusco ni querer atragantarme. Poco después de un rato haciéndole oral yo a él mientras gozaba su virilidad (y su impecable higiene), Tae me pide hacer 69, a lo cual accedo, con gusto. A los pocos minutos mis muslos temblaban y como muy pocas veces, siento el impulso de agarrar su cabeza y presionarla contra mi sexo y mis fluidos, varias veces. Me encanta. Por favor sigue. Al rato, me pide posicionarme en cuatro, para él seguir haciéndome oral desde atrás. Su lengua recorre todo y lo hace con la intensidad justa. Con una mano me sujeta de una nalga mientras que con la otra acaricia uno de mis pies, que rozaba sus costillas. Me fascina cuando un hombre comprende la importancia de acariciar con deseo, que nada equivale a realizarlo con desesperación y ansiedad. No soy de hablar tanto en la cama, no obstante se me sale una grosería mezclada con suspiro, pues los gemidos a veces no bastan para reflejar cómo lo estoy pasando.

Le entrego un preservativo de mayor diámetro y entre risas, le digo que uno estándar no le sirve. Me agradece. En cuatro, comienza a penetrarme de forma suave y poco a poco siento su erección más profunda. Mi cara apoyada en la cama, esboza una sonrisa. Apoyo una mano y con la otra, hacia atrás intento agarrarlo para no perder la sincronía. La intensidad incrementa de a poco. Yo sé que en mi reloj dice que queda poco tiempo, pero lo ignoro. La velocidad aumenta y cuando menos quiero, suena la alarma del teléfono. No importa, sigue.

Muy dueño de su cuerpo, don Tae logra acabar. Y yo disfruto sonriente ese suspiro de alivio. Con mis manos agarro sus caderas presionándolo hacia mí. No me interesa quitármelo de encima al instante.


Recostados un par de segundos, le pido permiso para acercarme. Anduve regalona esta semana, le expliqué. Él cariñoso, me ofreció su torso. Le ofrecí una ducha juntos, ajustamos cuentas y nos despedimos de forma amistosa.


En el transporte, de vuelta a casa, pensaba en lo mucho que valió la pena haberme levantado esta vez a trabajar un día sábado.




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