La escapada.


 No hay video pornográfico que supere mis fantasías con Nico.


Comprendiendo que para mí el maquillaje es un accesorio más, me dice me encuentra preciosa con o sin. Algunas veces me pide disculpas por el crecimiento de su barba, pero a mí no me importa en lo más mínimo. Quisiera que alguna vez se la dejara crecer. Pero no le gusta. Se encuentra “destartalado”.


Un día, logro convencerlo.


Le ofrecieron ese trabajo que él tanto quería. Estaba tan contento, que apenas supo renunció al que tenía, empacamos nuestros bolsos y nos fuimos a su playa favorita para celebrar. Cerca de ella, había un depa de veraneo esperándonos.


Abrimos la puerta principal y comenzamos por separado a explorar el espacio que nos acogería. Era suficiente para ambos, con una amplia terraza, ideal para sentarse a compartir.

Nos reencontramos en la sala de estar, se acercó a mí sin titubear y me empujó sobre el sofá.


- Oye! - exclamé, sonriendo y sabiendo perfectamente lo que él quería.


Agarró la pretina de mis calzas para quitarlas con tanga y todo. Como si no hubiese más tiempo. Me reí, porque mis piernas de un metro dificultaban la rapidez del asunto. Las bajó hasta mis tobillos y metió su cabeza por debajo para aparecer entre mis piernas. El hombre se fía tanto de mi elasticidad, que con mis pantorrillas en sus hombros se inclina hacia mí para presionar su boca contra la mía. Una de mis manos acaricia su mentón rectangular, sintiendo un leve crecimiento de su barba. Mis ojos se cerraron, mi lengua se dejó llevar por la suya y mi compañera se humedeció de manera instantánea. Mi otra mano agarra su cabello negro azabache. Sus manos, fuertes, agarran mis muslos por los costados y los presionan tanto que si las quita, me deja los dedos marcados. Me mordía mis tatuajes de las piernas. Cual caníbal. Llevó su boca a mi vulva y le dio un beso francés. De los bien dados. De menos a más. Sentí el roce de su barba contra mí, algo nuevo, pero rico.


Siguió por un buen rato, sabiendo bien dónde posicionar su lengua. Nico conoce mis puntos débiles y entiende cómo manejarlos. Se toma su tiempo hasta hacerme llegar al punto de ebullición. Mis piernas comienzan a temblar y él presiona su cara con más fuerza aún. Se está comiendo mi alma. Mi pecho se agita y en voz alta, me quejo intensamente de placer. Un vecino pensaría que me estaban matando. Pienso que quiero decirle que pare, pero no lo hago. Dicen que un orgasmo dura en promedio 10 segundos. El mío, duró algo así como 30.


Lo miro, desorientada. Tengo que parpadear un par de veces. Su boca estaba toda mojada. El sofá, también. Me echó la culpa a mí y nos echamos a reír un rato, mientras trataba bajar mi frecuencia cardíaca.


Compartimos esa noche unos vasos de pisco con ginger ale. Nunca había probado un combinado tan refrescante.


Varios días después, su barba estaba mucho más crecida, pero ya le empezaba a molestar. Quizás sea de las pocas que nunca me han provocado una reacción alérgica. No encuentro que se vea destartalado en absoluto. Pero él no quería conservarla. Se respeta.


- Déjame afeitarte – Le propuse una tarde, traviesa.

 

Sobre la mesa de la terraza, posicioné un bowl metálico con agua caliente, espuma de afeitar, una máquina de afeitar desechable, una peineta fina y un par de tijeras. Me sentía más peligrosa que Sweeney Todd y más entusiasmada que niña en navidad. Ya bastante me había costado convencer a Nico de dejarse barba. Dejarme afeitarla tampoco fue fácil. Nunca le dije, pero lo más cercano a eso fue una vez que le corté las puntas del cabello a una amiga en el colegio y me quedó horrible. O las veces que he tenido que pasarme ese tipo de máquina por las piernas, pero no es lo mismo.


Se sentó en un piso metálico. Me paré frente a él. Coloqué una toalla de mano alrededor de su cuello, como un babero. Comencé a cortar el largo de su barba con tijeras, para que luego fuese menos difícil rasurarla. Con la peinetita cogía zonas largas y con las tijeras iba emparejando. Sus ojos negros me miraban fijamente, sabiendo que no tenía idea, pero confiando de todos modos. Concentrada en lo mío, sentí una de sus manos acariciar mi pantorrilla, mientras la otra subía suavemente por mi muslo hasta tocar mi glúteo por debajo de la falda que llevaba puesta. No llevaba calzones. Hacía movimientos circulares con sus dedos sobre mi trasero, para luego agarrarlo con las yemas, como si fuese de esas pelotitas anti estrés. Me gusta.


Coloqué un paño caliente sobre su rostro, mientras yo agitaba la espuma en su envase. Saqué la máquina de su envoltorio. Apliqué espuma sobre su barba, suspiré para relajarme y comencé a afeitar. Cuando no cabía más pelo entre las hojas, enjuagaba la cabecita de la máquina en el agua del bowl y depositaba los restos allí. Me sentía como Bob Ross cuando agitaba el pincel entre los fierritos de su atril. Repetí con cuidado varias veces.


Había terminado de afeitar y comencé a limpiar su cara para quitar los restos de espuma con el pañito húmedo. Al percatarse, Nico deslizó su mano desde mi trasero hacia mi entrepierna. Se dio cuenta de que estaba húmeda. Con su pulgar acarició suavemente mi clítoris mientras insertaba en mí sus dedos índice y medio, haciendo por dentro un movimiento hacia adelante. Como yo estaba de pie, lo miré hacia abajo y me acerqué a lamer la comisura de sus labios. Mientras él me masturbaba, me incliné para ayudarlo a sacarse el short. Estaba completamente erecto.


Me senté sobre él, despacio. Cuando encajamos por completo, suspiramos. Le mordí el cuello, sintiendo como uno de sus aros con forma de argolla rozaba mi entrecejo. Me envolvió con sus brazos tatuados. Con los míos me afirmé de su cuello. Comencé a rebotar de menos a más. Me incliné un poco hacia atrás para observarnos mejor. Nos deseamos tanto que no nos importaba si nos veía alguien en esa terraza desde lo lejos. Metió uno de sus brazos bajo mi blusa para levantarla y chupar uno de mis senos. Llevé la cabeza hacia atrás y acabé.


Nos pusimos de pie y Nico empujó con un brazo todos los accesorios de afeitar hacia un lado, para apoyar mi abdomen sobre la mesa. Me agarró de la nuca y me nalgueó unas cuantas veces mientras me volvía a penetrar. Me gusta que tengamos la confianza de hacer todas esas cosas.


Me erguí para empujarlo con mi trasero hacia atrás. Me volteó para apoyar mi espalda sobre un muro de la terraza. Ambos de pie y de frente. Cogió una de mis piernas para llevarla hacia su hombro, dejándome casi en split de bailarina. Yo creo que esa hubiese sido una buena foto. Nos comimos a besos mientras me presionaba constantemente contra el muro. Me hizo acabar de nuevo. Sudando, gimió fuerte. Entendí lo que sucedería y me agaché en sentadillas para atrapar su miembro con mi boca. Su cuerpo se puso rígido y recibí todo su semen, con gusto.


Me mira, desorientado. Tiene que parpadear un par de veces. Mi boca estaba toda mojada. Sonreímos y me extendió una mano para ponerme de pie, mientras trataba bajar su frecuencia cardíaca. 

 

- Gracias por la afeitada – Me dice. Nos echamos a reír.

 


 


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